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Cienfuegos Verde

Bosque y Comunidad

Árboles invasores (parte 2 de 2)

Por: Harlem Eupierre

En el trabajo anterior se esbozaron generalidades acerca del proceso de invasión de los árboles, así como algunas de las consecuencias que acarrean para los bosques. En esta ocasión, la discusión estará centrada en ejemplos concretos de amenazas de árboles invasores a nuestros bosques. En un primer momento se presentan las dos especies invasoras más comunes, luego se abordan someramente algunos de los árboles con potencialidades para convertirse en invasores.

¿Quiénes invaden nuestros bosques?

Los árboles invasores serán siempre exóticos, pues cuando los árboles nativos colonizan es como consecuencia del mecanismo natural de sucesión o transición de la vegetación autóctona hacia la supuesta estabilidad. Por otra parte, contamos con exóticos que no se manifiestan como invasores.

Leucaena: enemigo clandestino

Esta es una de las especies arbóreas exóticas más extendidas y consentidas en Cuba. La leucaena (Leucaena leucocephala), conocida también como ipil-ipil, es nativa de América Central. En la actualidad existen más de 800 variedades de esta especie y es probablemente el árbol leguminoso más cosmopolita.

Se introdujo en Cuba por su plasticidad ecológica y la amplia diversidad de beneficios que aporta, dentro de los que sobresalen: como forraje y leña.

Los ganaderos cubanos la han diseminado prolíficamente por los potreros, de donde ha “saltado”, por medio del viento y las aguas, para los montes nativos, en los que genera perturbaciones importantes en su estructura y composición. Por otro lado, los silvicultores la han aprovechado como fuente de energía (leña), dada su alta productividad. Se asegura que la producción anual de leña en doce mil hectáreas equivale a un millón de barriles de petróleo.

Por muchos años se ha incentivado el establecimiento de esta especie. Por la televisión nacional se ha reportado, y no precisamente como alerta, la dispersión de decenas de miles de semillas desde aparatos aéreos en zonas desprovistas de vegetación boscosa en el macizo Guamuhaya ; y a inicios de la década de los noventas, estudiantes del IPVCE Carlos Roloff fueron convocados para repoblar áreas en torno a la desembocadura del río Caunao, ambos casos supuestamente, de interés militar. Y pregunto: ¿por qué no hacerlo con especies nativas?

Hoy es notable la usurpación del espacio natural provocado por esta especie en los bosques costeros cienfuegueros, incluidos la reserva florística de Punta Gavilán-Punta Diablos y otros, como los tramos desde Punta Sabanilla hasta Punta Mangles Altos y, en el Monte natural en la ladera oeste de la bahía, el sitio preferido por Huion para ocultarse y que nos extasía cada vez desde el malecón; esos también muestran esta calamitosa situación.

A propósito, es innegable el impacto positivo de la leucaena en la productividad ganadera y la obtención de energía renovable en corto tiempo; sin embargo, no sabemos a ciencia cierta cuál es su impacto en los ecosistemas nativos. ¿Será ecológica, económica y socialmente factible permitir que esta especie provoque modificaciones sensibles en la dinámica de los bosques autóctonos, genere cuantiosos gastos en la restauración de los ecosistemas naturales, y limite la disponibilidad de especies madereras típicas para la confección de implementos, objetos y construcciones tradicionales? Se debería detener la expansión de esta especie y controlarla al máximo; no hacerlo sería contribuir con el enemigo y eso es censurable.

Marabú: segundo conquistador de Cuba

Es este nuestro árbol invasor mejor conocido. Mucho se ha especulado sobre la manera en que penetró en Cuba. El célebre naturalista cubano Juan Tomás Roig presentó algunas versiones populares sobre su introducción:

  1. Una dama residente en una finca de Camagüey (siglo XIX), la introdujo como planta ornamental; luego la caballería de las tropas españolas radicadas en la zona se encargó de dispersarla por los alrededores, una vez consumido el fruto por las bestias.
  2. Un destacado botánico cubano, radicado en Taco-Taco (Pinar del Río), la introdujo como una especie botánica curiosa.
  3. El ganado vacuno importado en el siglo XIX desde Colombia y otros lugares donde existía ya la planta, la introdujo en su sistema digestivo.

Cualquiera de las tres hipótesis se toma por cierta. Es posible, incluso, que exista alguna combinación entre ellas. De lo anterior se derivan dos ideas: primero, que el marabú, aroma o espina del diablo (Dichrostachys cinerea), originario de África, es una especie oportunista y muy adaptable, por lo que su presencia en los montes se debe a manejos inadecuados, por ejemplo: apertura de extensos claros, penetración del ganado vacuno, demora en repoblar áreas taladas, raleos drásticos, bosques monoespecíficos de especies de copas claras (eucaliptal), entre otros; segundo, que la ignorancia y el descuido pueden conducir a serias afectaciones en los ecosistemas naturales.

Existen irrupciones del marabú en casi todos los ecosistemas boscosos cienfuegueros, desde los manglares hasta los bosques montanos. Sin embargo, es en las masas impenetrables y compactas que forma, donde queda la prueba de su total dominio sobre los ecosistemas nativos, una conquista sobre la base de filosas espinas y la rapidez del despliegue de su potencial bélico.

A pesar de todo, al marabuzal se le atribuyen muchos beneficios, quizá el más popular resulte el ser la fuente para la fabricación de carbón de calidad suprema, al poseer la planta una madera dura y con gran poder de conversión térmica. Igualmente se utiliza para postes de cercas y hasta para muebles. Otros menos conocidos son la capacidad de evitar la erosión de los suelos al contar con una muy dispersa red de raíces; también, la posible mejora del suelo por el aporte de compuestos nitrogenados como resultado de la simbiosis con ciertos microorganismos capaces de asimilar el nitrógeno del aire, lo que es característico en las leguminosas. En fin, son muchos los beneficios de esta especie, pero aún sigue conquistando al monte nativo.

Otros enemigos potenciales

El manyun (Acacia mangium) es una especie originaria del sureste asiático, que ha ido llegando últimamente a los viveros de las empresas encargadas del fomento de bosques en nuestra provincia y ya hay plantaciones puras (monoespecíficas) establecidas en varios sitios. Década y media atrás, varios forestales nos opusimos a su inserción dentro de los programas de reforestación en Cienfuegos, pues ya se había reportado su gran poder invasivo para la región de las Américas.

Algunas especies del género Albizia constituyen hoy una amenaza importante para los ecosistemas boscosos. Esta leguminosa posee una apreciable capacidad colonizadora y además una versatilidad admirable, que la hace potencialmente temible, tanto para bosques sobre suelos fértiles y profundos, como aquellos sobre suelos pobres. Se destacan dos especies: A. lebbeck, conocida como algarrobo de olor, músico, entre otros, y A. procera.

El tamachile (Pithecellobium dulce), originario de Centroamérica e introducido en Cuba en los primeros años del siglo XX, es conocido también como inga dulce y guamúchil, entre muchos otros nombres. Este es un árbol corpulento, armado de finas espinas. Representa un peligro potencial significativo, pues se ha generalizado su uso como postes para cercas vivas y sombra para el ganado. Por otro lado, sus frutos son consumidos con avidez por personas que luego desechan la semilla en lugares distantes. Se ha observado que la especie es muy agresiva, y una vez establecida, muy difícil de manejar.

La pomarrosa (Syzygium jambos), oriunda del sudeste asiático, es también conocida como manzana rosa, tanto en Cuba como en otros países. Este árbol constituye un peligroso invasor que tienta con sus frutos carnosos, olorosos y huecos al caminante y la fauna. Su introducción en nuestro país no está del todo clara. Domina actualmente gran parte de los bosques de riberas (galería) de los ríos y arroyos de las regiones montañosas del occidente y centro de la isla de Cuba. Esta especie posee un arma temible: es esciófila, esto es que tolera la sombra; por lo tanto, los bosques de riberas tienen declarada la guerra nada más que por contar río arriba con algunos ejemplares de pomarrosa.

¿Qué hacer para evitar las consecuencias de la invasión?

Debería estimularse de forma efectiva la certificación de espacios (campos de cultivos, potreros, bosques naturales y seminaturales) libres de árboles invasores y que esa certificación sea un instrumento preponderante en el otorgamiento de ventajas fiscales y financieras. Esta sería una inversión exitosa, pues evitaría erogar en el futuro cuantiosos recursos en el control y preservación de los recursos nativos y/o socioeconómicos; el caso del marabú es un buen ejemplo, no permitamos que se sumen otros enemigos tan nocivos como este a la amenaza de nuestras riquezas naturales.

Los programas de reforestación, conservación de suelos, desarrollo agrícola y pecuario, arborización urbana deberían tener en cuenta, además de sus intereses específicos, el impacto que traería el manejo de una especie potencialmente invasora y llegar a adoptar de antemano un plan de acción para mitigar el efecto negativo.

Es posible que usted piense que quizás sea mejor contar con algunas de estas especies arbóreas invasoras, formando bosques donde no los hay por abandono o incompetencia, que no tener nada. Después de que lea nuestros argumentos y los ejemplos señalados, lo invitamos entonces a pensar nuevamente, tal vez se anime a sumarse a la batalla por el fomento de nuestros bosques autóctonos.

Fuentes:

Nota: Este trabajo es una versiòn producida para Cienfuegos Verde, del original publicado en: Revista Se Puede vivir en Ecópolis, año 2002.

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